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jueves, 4 de agosto de 2016

La sopa de calabazas.


La sopa de calabazas.

Después del desayuno, Julia la señora que aseaba el castillo, fue a cortar las flores para el casamiento de la princesa, Cecil. Camino del jardín, recordó el último baile que habían hecho en el castillo, hacía unos 12 años, antes de morir el Rey. Luego no se hicieron más aquellas fiestas que reunían a tanta gente, invitados y empleados, los que se contrataban por docenas.
Ese día encontró escondido en el desván, a un niño pobre y de mirada entristecida, sin zapatillas que olía a pescado y tenía las manos muy sucias. Se le veía desesperado, no era difícil adivinar, que lo habían abandonado. Era pleno otoño y el frio ya se hacía sentir, por lo que el pequeño no demoró en comenzar a estornudar. Julia era muy especial, quería mucho a los niños, así que no dudó, en hacerle una sopa de calabaza, para que entrara en calor al menos y la panza dejara de hacerle aquel terrible ruido, que parecía un gato gruñendo.
Que habrá sido de aquel pequeño pensaba la mujer.
_Recuerdo que luego de comerse la sopa, con un hambre voraz, parecía haber recuperado hasta los sentidos. Sus manos y pies se entibiaron y su mirada recobró algo de brillo.
Me dio un beso que jamás podré olvidar y corrió por el jardín hasta perderse de vista.
A la mujer le dolía el corazón, solo de recordarle. ¿Cómo estaría hoy después de tantos años?
Ya cortadas las flores, regresaba al castillo, cuando escuchó las campanas que indicaban que alguien estaba llamando.
El portero se acercó, y un joven le entregaba un paquete.
Era para Julia. Una pequeña cajita acompañada de un hermoso pergamino con una inscripción que decía:
Mi padre había caído enfermo y ese día me había confiado todo el pescado, para que yo lo entregara en la fiesta. En el camino, alguien intentó robarme el pescado y yo no podía permitirlo. El dinero que me darían sería para comprar la medicina de mi padre y el sustento de la familia, mientras él no pudiera volver al mar. Yo logré escaparme del ladrón, pero caí en un pozo, perdí las zapatillas y quedé oliendo apestosamente a pescado. Al llegar al castillo vi las puertas abiertas y entré, dejé el pescado en una mesa de la cocina pero alguien entró y al verme andrajoso, antes de dejarme hablar, gritó que había un ratero y comenzaron a correrme y a decir que me dejarían en un orfanato, ya que ni padres tendría.
Solo pude correr y esconderme en aquel desván. Tenía miedo, hambre y frio. Y usted se apiadó de mí sin importarle mi apariencia. Trabajé mucho después de eso, para ayudar a mi familia y cuando hicimos aquel hallazgo con mi padre, supimos que una le pertenecía a usted. Nunca olvidé su gesto, y prometí regresar para decírselo.
Gracias, por esa exquisita sopa de calabaza, que aquel otoño, le dio calor a mi vida.
La mujer no podía contener las lágrimas. Como pudo abrió la pequeña cajita, que contenía nada más ni nada menos que una hermosa y enorme perla.

Aquel niño andrajoso, era hoy un joven de muy buena posición, gracias a las perlas que un día encontraron con su padre. Pero nunca olvidó el gesto de la mujer que le ayudó, sin juzgar las apariencias.

Mónica Beneroso
(Derechos reservados de la autora)
(Imagen tomada de la web)

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