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jueves, 4 de agosto de 2016

Oscar, el elefante bombero.


Oscar, el elefante bombero. 

Carlota era una elefanta muy hermosa y estaba embarazada. Le pesaba mucho su panzota, por lo que debía caminar muy lento, así que siempre la dejaban atrás. Ya estaba resignada a que no le prestaran atención, ni sus amigas ni el padre de su hijo, que lo único que hacía era andar enamorando a todas las elefantas. 
Carlota se sentía triste y sola, además de muy cansada y adolorida.
Por fin la manada encontró un buen sito para alimentarse y la travesía había terminado.
Al menos por un tiempo podría descansar, hasta que naciera su pequeño que ya estaba muy próximo.
Ya habían pasado los 22 meses de gestación, así que en cualquier momento Carlota tendría que encargarse de su hijito. Ya no estaría sola, tendría el mayor de los tesoros junto a ella.
Una mañana muy temprano, Carlota despertó molesta, con mucho dolor en su barriga. No había podido comer en la noche porque se estaba sintiendo mal.
A las pocas horas, después de caminar en círculos y barritar unas cuántas veces, al fin el pequeño Oscar había nacido.
Era un elefantito hermoso, con un plumerillo en su cola y unos ojitos por demás pícaros.
Enseguida el pequeño quiso su leche así que Carlota amamantó a su hijo por primera vez.
El amor madre-hijo podía percibirse en las miradas y caricias que ambos se propinaban al frotar sus trompas.
Oscar crecía rápido. A los 3 meses ya comía frutas pequeñas y hojas tiernas, pero su leche era imprescindible. Era mimoso, juguetón y ya se percibía muy inquieto y curioso.
Un día estaban cerca del lago y Oscar tomó agua con su trompa y comenzó a lanzar chorros con toda su fuerza, los cuales llegaban muy lejos de donde se encontraban. A su madre le hacía mucha gracia verlo hacer eso.
Los meses pasaban y Oscar seguía jugando con el agua, era como una fascinación. No hacía otra cosa más que comer, tomar su leche y jugar con el agua.
Era tan curioso que poco a poco, cada día se alejaba más, buscando partes del río propicias para bajar y cargar mucha agua en su trompa, la que luego lanzaba con tal fuerza contra los árboles, que éstos se tambaleaban. Su madre siempre detrás, a una corta distancia para cuidarlo y protegerlo.
Así fue que un día llegaron muy cerca de una aldea de indígenas.
Tantos los hombres como elefantes quedaron sorprendidos de la cercanía en la que estaban.
Oscar era muy curioso así que no demoró en acercarse mucho más, por más que su madre lo reprendiera. Un niño indígena de unos 5 años, llamado Mawui, hacía lo mismo que Oscar. Se acercaron tanto que ambos se acariciaron.
Ambas madres estaban temblorosas, pero al ver a sus pequeños de ese modo, entendieron que nada pasaría.
A la manada nada le gustó saber está situación. Estaban muy enojados con Carlota, por permitirle al pequeño que se acercara tanto a los humanos.
Carlota intentó prohibírselo, lo mismo que tanto juguete con el agua, porque todos se quejaban de que pasaba mojándolo todo. Pero Oscar llorando le decía a su madre, que él soñaba con el agua, con lanzarla así muy fuerte.
La amistad entre Oscar y el pequeño estaba muy afianzada y Carlota no tuvo corazón para impedirla.
Todas las tardes volvían a la aldea.
La manada comenzó a dejarlos de lado, cosa que entristeció mucho a Carlota, pero ella debía estar junto a su hijo.
Un día cuando se acercaban a la aldea, Oscar y Carlota oyeron gritos humanos muy aterradores.
Los animales corrían hacia el bosque pasando muy cerca de ellos, así que corrieron hacia la aldea, para ver que sucedía.
Muy pronto, pudieron observar las lenguas de fuego, que se levantaban de varias chozas.
¡El infierno gritaba Carlota, ven hijo, no te acerques tenemos que huir!
Mawui lloraba y gritaba pidiendo por sus padres, que intentaban apagar el fuego de su choza, con trozos de trapos y cueros-
Fue entonces que Oscar, se paró en sus patas, haciéndose gigantesco, corrió hacia el rio y tomó tanta agua en su trompa como le fue posible.
Lanzó el agua hacia las chozas con todas sus fuerzas. Una, dos, tres, veces, y el fuego comenzó a ceder. Carlota que miraba azorada a Oscar, transformado, también corrió al río e imitó a su hijo.
El fuego al fin se apagó y toda la aldea abrazaba y veneraba a madre e hijo.
Al fin Carlota comprendió el afán de su pequeño. Su hijo había nacido diferente, él soñaba ser bombero y esa tarde había cumplido su sueño.
La manada entera, supo lo sucedido y conmovidos totalmente, se disculparon con Carlota y Oscar.
Desde ese día Oscar, era uno de los principales de la manada a pesar de su corta edad.
Entendían que cuando en el bosque, se desatara el infierno, como ellos le llamaba a esos fuegos repentinos, muchas veces ocasionados por tormentas, y que muchos animales del bosque quedan atrapados en él, Oscar podría ser de gran ayuda, ya que cómo él, ninguno, para lanzar agua con tanta potencia y exactitud.
Era muy cómico ver a Oscar encabezar la manada, junto a aquellos líderes gigantes.
Su madre lo acompañaba detrás, muy orgullosa y con los ojos empañados de felicidad.

¡Los sueños, hay que perseguirlos!
La vida sin sueños no es nada, y cuando el corazón reclama, es necesario escucharlo, atenderlo y ayudarlo, para que ese sueño se haga realidad.
¡Nunca dejen de soñar!

Mónica Beneroso
(Derechos reservados de la autora)
(Imagen tomada de la web)

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